Cuesta muchas veces comprender la reacción que tenemos los seres humanos ante los logros o fracasos de nuestros semejantes. Cuando niño, tuve la suerte de convivir con niños de familias de mejor y de peor condición económica que la mía. Recuerdo que mientras a Bebi y Davi el niño Dios les traía el “ultimo” Gi-Joe para navidad nosotros nos teníamos que conformar con soldaditos plásticos del Almacén 99. Sin embargo no recuerdo que eso me molestara. Todo debido a que de una manera muy cariñosa, mi madre nos enseñó a mi hermano y a mi a no envidiar los juguetes de nuestros amiguitos sino más bien alegrarnos por ellos. Dios permitió que nuestros amigos fueran también bien educados por su madre que les enseñó a compartir. De esa forma todos éramos felices con los juguetes de todos. Cuando las circunstancias lo permitían y yo o mi hermano teníamos algo mejor o distinto, se nos hacía más fácil y hasta lógico compartir.
No sé si tiene esto que ver con el hecho de que aún hoy me cuesta mucho entender el concepto de “envidia”. No soy un santo, aunque quisiera poderlo ser algún día, pero “el bien de los demás” me sigue provocando aquel mismo sentimiento de mi niñez. Sí me afecta enormemente la injusticia y la trampa, pero
Nuestra Iglesia fundada por Cristo hacen más de dos mil años. Presente en los cinco continentes con cerca de mil millones de creyentes. Una institución ejemplar a nivel mundial. Conocer sus logros nos llena de satisfacción y orgullo de ser parte de ella.
“El que me ama, guardará mi Palabra y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14, 21)
Nos falta ser morada de Dios.
Si Dios habitara en nosotros haríamos las cosas que le agradan.Tendríamos valor y caridad. ríamos por el mundo con el corazón puro. Miraríamos con la mirada del Amor, mirada de caridad, mirada de hermano.
Sin saberlo, mi papá se preparó para esto: “ser morada de Dios”.
Recuerdo la tarde que me telefonearon al trabajo. — Su papá está grave — me dijeron. Y fui al hospital a verlo. El cáncer se le había propagado en el cuerpo y no había esperanzas. Cuando llegué hablé con mi mamá. — No hay mucho tiempo —le advertí —. Pregúntale si desea un rabino o un sacerdote. Al rato salió mi madre de la habitación y me dijo: — Quiere un sacerdote.
El Domingo pasado 15 de Febrero el papa Benedicto XVI se refirió al pecado y la necesidad de la confesión o reconciliación. A muchos nos resulta incómodo buscar a un sacerdote para cumplir con esta obligación y NECESIDAD espiritual. Pero el mensaje del Papa nos aclara de manera contundente lo crítico del tema. El pecado nos corrompe como la lepra y solo Él puede curarlo.
Desde pequeño siempre recé el Credo. Poco a poco lo aprendí mientras escuchaba a los adultos recitarlo como maquinita. Asi mismo lo aprendí, como maquinita. Gracias a los hermanos de La Salle en la secundaria de alguna manera empecé a darme cuenta que las oraciones no se deben 'recitar'. Cada oración tiene un significado y representa una plegaria que 'bien meditada' tiene una fuerza que solo la puedo comparar con una llamada directa vía satélite a nuestro Señor. El Credo es la oración que realmente me dió a enteder lo que significa mi compromiso, mi Iglesia y mi Fé. Este artículo publicado recientemente en Catholic Net nos dá una explicación clara de su significado.