Pesa la pluma al tratar de escribir sobre este tema. Me es tan difícil mirarme al espejo y reconocerme pecador, no solo ante Dios sino ante mis semejantes. Es tanta nuestra soberbia que no somos capaces de reconocer muchas veces nuestros propios errores, nuestros pecados por omisión o por mala intención. Nos vanagloriamos con nuestras buenas obras pero ocultamos algunas veces nuestras no tan buenas intenciones. Perdemos la perspectiva de nuestra misión como cristianos y pecamos por buscar nuestra conveniencia o nuestra propia gloria y no la de nuestros semejantes ni mucho menos la de nuestro Creador.
Dios nos creó para ser buenos y felices. Y para ello nos ha dotado de muchos recursos y herramientas. Nos hizo amos del mundo con una inteligencia superior a todos los seres de Su creación. Nos ha facilitado a través de los años un desarrollo intelectual, tecnológico y social sorprendente. Hemos avanzado tanto que nos hemos olvidado del que nos lo ha dado todo. Toda esa inteligencia la utilizamos para satisfacer nuestro bienestar material. Ese supuesto bienestar que muchas veces nos lleva a carreras desenfrenadas y ansiedad por tener más. A buscar el placer y la posesión de bienes materiales a como dé lugar utilizando todos los medios posibles. Desafortunadamente el pecado es muchas veces uno de los medios más eficaces para ello.
Parece que la historia del hombre se repite en espiral una y otra vez. Dios nos ha dado a la humanidad la libertad de escoger, e invariablemente hemos optado por el pecado ignorándolo a El y al amor que nos tiene. Un amor que nos ha venido demostrando una y otra vez a través de nuestra existencia y que nosotros mezquinamente nos negamos a reconocer. Todo lo atribuimos a la suerte o la casualidad como pobre excusa, muestra de nuestra soberbia.
Desde el principio de los tiempos de Adán y Eva nos fuimos por el camino del pecado y Dios ha tenido que purificarnos de diversas maneras hasta llegar al extremo de utilizar a su propio Hijo como sacrificio supremo para expiar nuestras culpas. ¿Y cómo le pagamos? Ignorándolo, y hasta dudando de su existencia. El ha pasado a un tercer o cuarto plano de prioridad en la vida de muchos, incluyendo a muchos ya bautizados.
Sinceramente no tengo una respuesta definitiva a mi pregunta inicial. ¿Y Porqué pecamos? Pero definitivamente estoy convencido de que en la medida que nos hacemos esta pregunta vamos ejercitando nuestra conciencia y poco a poco descubriendo nuestra verdad personal.
Gracias a nuestro Señor Dios y después de mucho esfuerzo y horas de trabajo hemos logrado sacar nuestra primera producción discográfica. Nuestro CD Oh Señor es un tributo y alabanza a Dios nuestro Señor en agradecimiento por tantas bendiciones recibidas. Un proyecto gestado hacen ya dos años y medio, que por limitaciones de toda índole se fue desarrollando al paso que el Señor lo dispuso.
Producido por nosotros mismo con los medios y herramientas que el Señor nos ha ido proporcionando poco a poco. Cuenta con ocho canciones propias con las que pretendemos contribuir a diseminar la Palabra. Es un trabajo musical en el que participamos todos como apostolado familiar.
Roberto Enrique Murillo Jr. - Voces y percusiones José Roberto Murillo - Batería, piano, voces Eduardo Javier Murillo - Bajo, guitarra, voces Cristina Martinez de Murillo - Voz principal Roberto E. Murillo - Guitarra, voces
Pueden escuchar una muestra del material de nuestro CD en nuestra página en "Perfil Musical" en el siguiente link:
1. Lo Hiciste Por Mí. Inspirado en el sacrificio de nuestro Señor Jesucristo en la cruz. Buscando una explicación posible por la que alguien haría semejante sacrificio. Pensamos que solo pudo haber sido, por Amor!
2. Mi Amigo Jesús. Es un canto infantil inspirado en la niñez católica en el mundo que mediante el Catecismo y la orientación Litúrgica dominical llegan a conocer a Jesús como un verdadero amigo.
3. Bendito Aquel. Es una alabanza que canta al que viene en nombre del Señor. Jesucristo que siendo rey vino al mundo revestido de humildad, misericordia y valor para enfrentar a la muerte para redimirnos de nuestros pecados.
4. Perdona Padre Perdón. Es una plegaria a Dios nuestro Señor por su perdón. Es un canto propicio para el tiempo de Cuaresma y momentos de arrepentimiento y contricción.
5. Siete Dones. Es nuestro esfuerzo por ayudar a comprender los dones que Dios puede concedernos por medio del Espíritu Santo.
6. Kejaritomene. Es un canto inspirado en la Anunciación a la Virgen María. Recordamos en este canto la grandeza de quien fue elegida para ser la "madre de Dios".
7. Oh Señor. Canción tema del CD. Alabanza de acción de gracias a Dios nuestro Señor por tantas bendiciones recibidas en momentos cruciales de nuestra familia.
8. Conciencia. Canción mensaje que con una melodía más alegre pretender crear "conciencia" en nuestros hermanos sobre algunas de las causas de la perdición del hombre.
Para más información contáctenos en:
This e-mail address is being protected from spambots. You need JavaScript enabled to view it
Se necesita gente buena, talentosa y comprometida para servir al Señor. Somos alrededor de 1,150 millones de católicos en el mundo (censo 2007). Tiene que haber uno que otro que realmente quiera servir a Dios, no les parece? Pero la pregunta es: cuántos de nosotros “escuchamos” y reconocemos su llamado? Dios nos trae al mundo con un propósito. No somos pajas al viento ni accidentes de la naturaleza. Cada uno tenemos un papel que Dios nos ha asignado desde antes de nacer. No hay una sola alma que Dios no haya incluido en su Plan Divino. Los católicos lo sabemos y lo reconocemos en la oración del Padre Nuestro cuando decimos “hágase Señor Tu voluntad…”. Sin embargo ignoramos muchas veces su llamado.
En nuestro bregar por la vida Dios nos permite que nos vayamos dotando de virtudes y habilidades que usamos para bien o para mal. Dios nos da, y nosotros con nuestro “ser” humano disponemos de lo concedido para construir, destruir, ayudar o estorbar. Utilizamos estas habilidades para alcanzar metas que nos enseña e impone una sociedad que adora ídolos materiales y valores distorsionados muy alejados de la voluntad de Dios. Luchamos a brazo partido para alcanzar el tan deseado “éxito” o reconocimiento de los demás. Y para ello fijamos nuestras metas en los elementos fundamentales que usa satanás para nuestra perdición; el dinero, el sexo y el poder. Vivimos sumergido en una sociedad que nos dice constantemente que servir al Señor es asunto de viejitos, “loosers” y acomplejados que no tienen otra cosa que hacer con su vida y se esconden en la Iglesia.
Pocas veces nos detenemos a pensar en cuánto podríamos ayudar si pusiéramos nuestras habilidades al servicio de nuestra Iglesia. Hay tantas maneras en la que podemos ayudar a llevar “la Buena Nueva” a nuestros hermanos. Nos olvidamos muchas veces de que estas habilidades y virtudes no son producto de la casualidad sino una gracia concedida por El y tiene perfecto sentido ponerlas a su servicio en muestra de agradecimiento.
Una vez decididos y comprometidos al servicio debemos mantenernos bien enfocados porque nuestra naturaleza humana débil y sumisa ante las tentaciones nos hace perder con facilidad el camino y desviarnos de nuestras reales intenciones. Esto sucede porque el servir al Señor nos hace automáticamente blanco del maligno, quien se incomoda y aborrece a quienes tratan de ayudar a engrandecer de alguna forma el Reino de Dios. Nos convertimos en sus enemigos y usará las más sutiles armas para desviarnos de nuestro objetivo; servir al Señor. Armas como la envidia, el celo, las murmuraciones, la pereza, la codicia, el egoísmo, la frivolidad, la difamación, la soberbia y la hipocresía son utilizadas magistralmente por él para detener o hacer más difícil nuestro trabajo para el Señor.Es una difícil batalla que tenemos que librar como verdaderos soldados de Cristo.
Por eso, por difícil que sea, es importante mantenernos enfocados y saber distinguir lo que es de Dios de los que es de los hombres. Muy bien lo dijo el Maestro cuando lo trataban de confundir los fariseos “dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Dentro de nuestra propia Iglesia nos batimos estérilmente muchas veces los cristianos por imponer criterios, lograr protagonismo, o posición de mayor influencia como si esto nos asegurara más nuestra entrada al Reino. Algunas veces hasta logramos confundir a nuestros sacerdotes para lograr objetivos personales e imponer criterios propios. Caemos inadvertidamente en la trampa del maligno quien disfruta al ver como somos presas de nuestras propias debilidades humanas y sembramos intrigas, enemistades y división dentro de la Iglesia que pretendemos ayudar. Como lo canta muy bien el cantautor católico Martín Valverde en su canción “estoy perdiendo la Fe”, muchos hasta llegan a alejarse de la Iglesia por motivo de pleitos que siempre se dan cuando perdemos el enfoque y nos empecinamos en pelear “cosas de los hombres” en vez de concentrarnos en “las cosas de Dios” que deben ser nuestro objetivo. Sigamos el consejo que se nos da en Romanos 16; 17-18.
Sirvamos al Señor con nuestro corazón poniendo a su servicio nuestros talentos, nuestras habilidades, nuestra voluntad y entusiasmo. Hagámoslo con la plena seguridad que Su Iglesia prevalecerá por los siglos de los siglos a pesar de Satanás. Como dijo Jesús “Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; los poderes de la muerte jamás la podrán vencer”.
En lo personal nunca tuve un encuentro dramático con El en un momento trágico de mi vida como sucede con muchos. No fue un fogoso "amor a primera vista". Mi amistad con Jesús ha sido una secuencia de hechos y momentos que me fueron cocinando a “fuego lento” el corazón. Algunas veces me siento incómodo al ver en los retiros cuando las personas se paran a contar la historia de su conversión y resultan ser siempre relatos de pasados oscuros y sombríos hasta que tocaron fondo y entonces conocieron a Jesús. Hasta da la errada impresión que solo a los muy desviados se les permite el privilegio de conocer a Jesús en toda su magnificencia, bondad y amorosa compasión. No me parece que sea así, porque soy testimonio de ello.
Tuve una infancia muy feliz, una adolescencia bastante emocionante y divertida, pero nunca me alejé de mi Iglesia ni de Jesús. Eso lo debo al amor de mis padres y en gran parte a la educación de las religiosas Franciscanas y a los hermanos de La Salle en la primaria y secundaria respectivamente. En mi vida adulta siempre he tratado de ser un buen cristiano y aunque soy un pecador como cualquiera siempre trato de ser mejor.Pero lo más importante es que durante toda mi vida cada vez he ido sintiendo a Jesús más y más como un amigo. No sé si es por que al ir madurando con los años he comprendido mejor que es El la única explicación a tantas cosas inexplicables. Tal vez sea por la frecuencia con que me ha dado muestra de su amor y que me ha permitido sentirlo y darme cuenta que de verdad le importo.
Lo he visto muy presente en todos los momentos emocionantes de mi vida: mi primera comunión, el día que casi me ahogo en la isla de Taboga, el día de mi graduación de la secundaria, el día que me negaron la inscripción a la universidad que siempre soñé entrar, el día de la muerte de mi mejor amigo, cuando recibí mi diploma de la universidad, el día de mi boda, el día en que nacieron cada uno de mis hijos, el día que recibí las visas de residencia para toda mi familia, y sobretodo, cada vez que visito al Santísimo Sacramento. Siempre ha estado cerca de mi para verme, asistirme, protegerme, probarme o premiarme. Nunca me ha abandonado y ahora lo comprendo.
Creo que todos podemos ver dentro de nosotros mismos y revisar nuestros recuerdos para reconocer Su presencia. El ha estado siempre ahí. Lo triste es que muchas veces no lo comprendemos en momentos de prueba, cuando permite que la adversidad terrena nos toque. Todos, y yo el primero, tenemos pavor de pasar por las pruebas que El permite que pasemos, pero debemos tener Fe y confianza siempre en El. Señor Dios nuestro permítenos sentir siempre tu presencia y el calor de tu amor. Danos la sabiduría y el discernimiento para podernos mantener en el camino que Tu nos has trazado. Que así sea.
No estoy seguro dónde escuché yo la expresión “de eso están llenas las Iglesias”. Sin embargo me ha venido a la memoria el otro que día que en mi mente le preguntaba a mi Amigo, “Señor, porqué se hace tan difícil para algunas personas trabajar para Ti?” Porqué la escasez de vocaciones en nuestra Iglesia? Porqué si las Misas se llenan no hay casi gente para ayudar en los servicios ministeriales? Porqué son unos pocos los que dan su tiempo para servir al Señor y su Iglesia cuando se piden voluntarios, pero sobran cuando se trata de organizar una fiesta de la comunidad?
¿Tendrá que ver tal vez con nuestra pobre educación en la Fe y falta de sentido de compromiso con nuestro propio Creador? Nuestra naturaleza humana nos lleva siempre a dar poca prioridad a lo que nos saca de nuestra “zona de confort”. Solo nos incomodamos para hacer lo que consideramos importante. Será que por ignorancia tenemos a Cristo en un nivel de prioridad que no amerita incomodarnos tanto?
Algunas veces sentimos que bastante hacemos con hacer acto de presencia en la Misa. Creemos que basta con no meterse con nadie y más o menos cumplir con los Mandamientos. Eso nos convierte automáticamente en personas “buenas”…
… Pues NO. Porque “de eso están llenas las Iglesias”; de gente “buena” que viene a Misa tal vez todos los Domingos, pero que no mueven un solo dedo para ayudar a hacer crecer el Reino del Señor.
Hoy día Cristo no necesita de “gente buena”, necesita gente activa y comprometida que ayude a difundir Su Palabra de la manera que le sea posible. Necesita gente que colabore en el fortalecimiento de su Iglesia, sirviendo y ayudando en los tantos servicios y tareas que hay en ellas. Como decía el siempre apreciado Pbro. José David Pérez de Toronto, “La única empresa en la que siempre hay empleo para el que quiera es la Iglesia”.